Los golpes militares de Estado a las democracias han pasado a formar parte de estrategias vetustas y arcaicas que no pueden mantenerse en el tiempo, que no logran obtener un sentido de legitimidad social en las naciones latinoamericanas, y que generan altisimas consecuencias contra sus perpetradores, como ha sucedido en el país vecino de Bolivia donde a partir del golpe de estado del 2019 se ha condenado a Jeanine Áñez por terrorismo, sedición y conspiración.
A raíz de esto, las coyunturas políticas y las estrategias neoliberales por la disputa del poder real se han renovado. Las guerras a sangre y fuego por los territorios se han convertido en batallas simbólicas que tensionan constantemente el sentido social de lo hegemónico; y su armamento, que ya no dispara con balas de plomo, ha creado herramientas como el lawfare capaces de generar acciones amparadas por un marco legal que cuenta con una amplia cobertura mediática.