Durante muchos siglos, las observaciones mostraban que las posiciones de las estrellas en el cielo mantenían las configuraciones que formaban entre sí, por eso se las denominaba “estrellas fijas” a diferencia de los planetas o estrellas errantes. A principios del siglo XVIII esta situación se modifica cuando Halley detecta cambios considerables en las posiciones de Arturo (αBoo) , Sirio (αCMa) y Aldebaran (αTau) respecto a las posiciones de otras estrellas; a esta evidencia se suman las obtenidas por Tobias Mayer de la comparación de observaciones distanciadas en 50 años (Woolard, Clemence, 1966, p. 303). Las estrellas, entonces, se mueven.