Han sido muy difundidos los diagnósticos pesimistas acerca del spaghetti bowl, aludiendo a los efectos asignados al explosivo intercambio de concesiones comerciales bilaterales y su entrelazamiento impredecible.
La expresión inglesa es atribuida a Jagdish Bhagwati. El tono peyorativo de la frase spaghetti bowl se debe a que según su mentor y una pléyade de seguidores, la proliferación de tratados de libre comercio tiene un efecto atomizador y por ello compromete la fluidez del comercio internacional y luego la competitividad de las actividades económicas con incidencia sobre la producción de transables.
Sin embargo, es notorio que desde los últimos años del siglo XX asistimos a la extraordinaria difusión de una gimnasia transaccional en las relaciones económicas internacionales entre pares y grupos de Estados. Ella especialmente aceita los vínculos entre países en desarrollo y, más aún, entre países en desarrollo y países desarrollados e independientemente de las limitaciones que pudieran fijar las contigüidades fronterizas. De ahí que ni siquiera resulta fidedigna la sustitución de aquella calificación peyorativa por otro apelativo que suena más técnico: el “regionalismo”. Ésta última denominación es empleada hasta el hartazgo desde las heridas abiertas en los foros multilaterales.