En los últimos años, cada vez en mayor grado, se observa una "grieta" entre el Estado y la sociedad.
La gente tiene una opinión disvaliosa de los hombres que ocupan cargos públicos. Las instituciones de la nación están “bajo sospecha" y ante cualquier imputación a un funcionario, legislador o juez de la Nación, la opinión pública presume la culpabilidad del "acusado". Esa ¡dea generalizada en la comunidad de que la corrupción y función pública son los dos términos necesarios de una misma ecuación, han llevado a una situación extrema de incredulidad que afecta de manera grave el funcionamiento regular del Estado y de sus instituciones.