Acaso una de las primeras inquietudes conscientes acerca de la crítica de arte, su teoría y presumible metodología, se la deba a mis colegas José López Rey, de la School of Fine Arts de New York; a Michel Seuphor y a Frank Elgar, críticos parisienses. Las cosas que ellos me dijeron no habrán hecho sino acelerar un proceso que, como profesor de Historia del Arte, me escocía en lo íntimo: el de hallar un punto seguro de anclaje para el juicio estético. No ya para preguntarme si provenía de la razón o del sentimiento -cosa que quitara el sueño a tantos pensadores del siglo XVIII, y que Kant resuelve brillantemente en la Estetica del Juicio, sin que, a fin de cuentas, la solución- sea inobjetable.