Hasta mediados del siglo pasado había un notorio predominio de la población rural sobre la urbana en todos los países del mundo. Con el inicio de la industrialización, esta situación se invierte paulatinamente, originándose grandes movimientos de población desde las zonas rurales a los centros urbanos atraídos por la facilidad de empleo en las nuevas industrias. El rápido e incontrolado crecimiento de las ciudades, con su violenta expansión poblacional e industrial, hace que la acción del hombre sobre el ambiente comience a crear serios inconvenientes que se manifiestan particularmente en el deterioro que acusan el aire, el agua y el suelo. Así es como esas concentraciones urbanas requieren disponer de servicios mínimos de vivienda, energía, agua potable, redes de alcantarillado, sistemas de disposición de residuos domésticos e industriales, etcétera, el metabolismo de dichos conglomerados exige el ingreso de elementos nutritivos: aire, agua, alimentos, materia prima, etcétera, necesitando a su vez evacuar los deshechos de su propia actividad.