Ya desde su enseñanza clásica, J. Lacan ha puesto en cuestión toda idea ambientalista de la función paterna, aquella por la cual su alcance se calibraría en lo concreto, por el padre de la realidad, aun cuando contemplara su incidencia en la familia. También ha cuestionado punto por punto los postulados que él mismo había instaurado al respecto en sus comienzos y que, curiosamente, permanecen en la doxa lacaniana hasta nuestros días.
La tan mentada declinación del padre hizo que en su seminario …O peor volviese sobre el punto para centrar mejor aquello que atañe a su función, y a definir con mayor precisión eso que en sus comentarios percibe como lo que llama una crisis: "Con esa historia de la carencia paterna, ¡cómo se regodean!... Hay una crisis, es un hecho, no es totalmente falso. En síntesis, el e-pater ya no nos impacta.” Y resume, zanjando definitivamente la cuestión: "En cualquier plano el padre es el que debe impactar a la familia. Si el padre ya no impacta a la familia, naturalmente se encontrará algo mejor.” (Lacan, 2012, p. 204) A esta altura, Lacan eleva la castración al registro de una necesidad lógica, y su encarnadura en el pater familias se limita a épater, (aquí Lacan se vale de un juego de palabras translingüístico) que significa impactar, impresionar, sorprender o, incluso, maravillar a la familia. (Di Ciaccia, 2016) Si la castración es llevada al rango de lo que no cesa de escribirse, entonces siempre se encontrará algún representante en alguna versión. Ella sólo requiere de un existente que venga a dar consistencia a un hecho de estructura; en términos freudianos, no se precisa ninguna otra cosa más que alguien que aporte la excusa para que la amenaza, al ser proferida, encuentre su credibilidad. En todo caso, el riesgo para su inscripción será la versión en la cual el susodicho se identifique demasiado con la función.