Argentina atraviesa hace años, diferentes desafíos socioeconómicos que impactan en la cotidianeidad de sus ciudadanos. De manera ejemplificativa, podemos enumerar en clave de designación de estas problemáticas a: los altos niveles de inflación, la deuda externa, la presión del FMI, la concentración económica, la financiarización de la economía, la falta de confianza de las/os ciudadanas/os ante las respuestas y el rol del Estado. Asimismo, entendemos que las consecuencias de la pandemia por COVID-19 agravaron de manera sustancial estas particularidades, así como afectó peligrosamente la producción y la actividad económica, la distribución del ingreso y el empleo. En ese sentido, la pandemia no solamente cambió las formas en que pensamos a la cotidianeidad y a los modos de vida, sino que acentuó problemas estructurales de desigualdad e informalidad, no solamente en Argentina, sino en toda la región de América Latina. Los niveles de pobreza extrema y los índices de desigualdad en la región, así como también las tasas de desocupación y de participación laboral llegaron a picos históricos. La pandemia evidenció altos niveles de desigualdad económica; por lo que la falta de oportunidades laborales ha llevado a muchas personas a buscar alternativas para generar ingresos y satisfacer sus necesidades. Asimismo, en ese contexto pandémico, las formas de consumir fueron obstaculizadas debido a las disposiciones intrínsecas del aislamiento social y distanciamiento social; afectando de manera más profunda a los sectores populares que se encontraban en una situación precarizada, ya sea por la falta de empleo, ingresos, recursos, herramientas e insumos para solventar sus necesidades.