En los días actuales estamos viviendo un ciclo de reposicionamiento de las derechas en el mundo, nueva oleada que trae consigo la actualización y radicalización de un discurso contra las minorías históricamente oprimidas y los sectores invisibilizados que, en mayor o menor medida, a lo largo de reclamos interminables y luchas dolorosas, han conseguido una mínima serie de derechos que se han institucionalizado. En ese contexto, dos son los pilares discursivos de los movimientos conservadores contemporáneos. Uno de ellos es la apelación al biologicismo, cuya expresión repetida ad nauseam es "sólo existen dos sexos, hombre o mujer”; y el otro es la defensa de lo que ellos llaman los "valores tradicionales” u "occidentales”, conjunto en el que caben desde cuestiones de seguridad nacional, pasando por la familia tradicional o cultura del trabajo, y llegando, incluso, hasta la moralidad sexual. Estos dos conjuntos, uno en apariencia científico-material y otro moral-valorativo, se encuentran en peligro, dicen, por un enemigo que los está destrozando y por tanto, debe obrarse en consecuencia a fin de volver a ese pasado idílico y sonrosado en el que todo era bueno y los valores se respetaban. Ese enemigo no es otro que el género.