Desde el inicio de la ofensiva contra la República Islámica de Irán el pasado 28 de febrero del corriente, el gobierno estadounidense no parece tener una estrategia clara para concluir el conflicto iniciado ni parece capaz de mantener lo prometido en su última edición de su National Security Strategy, donde se afirmaba lo siguiente Los días en los que Medio Oriente dominaba la política exterior estadounidense a largo y corto plazo han terminado afortunadamente. No porque Medio Oriente ya no sea importante, sino porque ya no es más ni una molestia constante ni la fuente de potenciales catástrofes inminentes que supo ser. Se está convirtiendo en un lugar de amistad e inversiones (White House, 2025).
Sin embargo, en lugar de centrarnos en el panorama internacional, nos interesa indagar cómo andan las cosas por casa. Las dinámicas políticas y socioeconómicas al interior de un país pueden decirnos bastante sobre cómo será el desempeño exterior, al menos en cuanto a la capacidad material disponible y la atención que un gobierno puede o está dispuesto a sostener una determinada política exterior. La política exterior, si la entendemos como una política pública, puede estar sometida al escrutinio de la población civil, especialmente en un contexto donde las consecuencias económicas de las aventuras estadounidenses en Medio Oriente se trasladen a los costos internos diarios del ciudadano promedio - combustible, alimentos, etc.- y en un contexto electoral como el cual debe enfrentar el propio Trump este año.