Durante las décadas de 1940 a 1960, las ciudades latinoamericanas experimentaron un acelerado proceso de expansión y crecimiento urbanos, que transformaron su paisaje arquitectónico, impulsado por diversos factores sociales, económicos y culturales tales como la industrialización, la migración interna y cambios en la estructura económica de la región. Como consecuencia, surgieron nuevas demandas de vivienda y espacios de trabajo, por tanto, aparecieron nuevos programas arquitectónicos como los bloques en altura. Se convirtieron en una solución para la creciente densidad poblacional y la necesidad de optimizar el uso del suelo en áreas urbanas cada vez más congestionadas. Estos edificios proporcionaban una mayor cantidad de unidades habitacionales o espacios de oficinas en comparación con las construcciones de menor altura, permitiendo así acomodar a una mayor cantidad de personas en un espacio limitado. Su inserción en la trama urbana resultó fundamental para la planificación y el proceso de modernización de las metrópolis que se venía acaeciendo (Untermann, 1984).