Entre 1986 y 1989 relevé, con el auspicio y financiamiento del Conicet, el perfil visible de la Patagonia moderna, lo que supuso cuatro campañas que consumieron 189 días de trabajo de campo y que, creo, me han permitido tener una visión de la Patagonia que no vacilo en juzgar única por su amplitud, abigarramiento, variedad de vistas y unidad de mirada: son decenas de ciudades y localidades y ciertos de estancias y parajes que intentan decir sotos, por el mero recuerdo impreso de recortes de su visibilidad, su propia historia moderna. Se trata en suma de fotografías (negativos y copias muestra), cédulas de campo, cartas geográficas trabajadas y notículas -apartando las numerosas y complejas donaciones obtenidas de fotografía antigua, impresos y hasta objetos pequeños- que constituyen, desde 1992, el corpus patagonicum de 11.376 piezas, que permite describir los rasgos básicos de un perfil que, de todas maneras, sigue estando, más allá de estas abstracciones necesarias a nuestra forma mentís, en las imágenes mismas y en su entrejuego.