Cuando el hombre culto contemporáneo quiere aproximarse, honesta y desprejuiciadamente, al conocimiento de la música de nuestro siglo cobra conciencia de lo difícil de su empeño. En particular, si compara sus posibilidades con las que le ofrecen las aperturas de las otras artes. Por ejemplo, puede leer las obras literarias más importantes de la producción contemporánea. O en el mundo de la plástica tiene a su disposición excelentes libros con reproducciones aún más excelentes. Pero si quiere informarse sobre música descubre que el material es muy escaso. Aún suponiendo que sea capaz de leer una partitura, tanto la música impresa nueva como los libros sobre esa nueva música son raros.