Como el Nilo hace el Egipto, la cordillera andina ha creado la cultura incaica. El ambiente de nuestro arte lo forma la variedad telúrica del Ande. Desde la cumbre, coronada de perpetuas nieves, hasta el bajío, profundo como un tajo, van sucediéndose las tierras de pastoreo y de labranza, con su paralela graduación de climas. En la meseta frígida, la vegetación se reduce al mínimo: estepas inmensurables son sólo habitadas de tímidas auquenias. Las tempestades rompen su silencio, y la llanura vive del eco de su estruendo. Es la más sombría de las noches la noche del altiplano. El silbido del viento corta, como un filudo alfanje, la quietud de las sombras. De la hórrida tiniebla calofriante, como del seno del caos, emergen los malos espíritus. Y el pastor andino —el Rolla— perfílase torvo, desconfiado, trasuntando en su música la tragedia de sus noches...