No es Olegario Andrade poeta de aquellos que se desenvuelven en incesante perfección y abarcan en su variedad todos los sentidos de lo humano. Harto visibles son la pobreza de su inteligencia filosófica, lo tardío de su madurez, lo escaso de su sensibilidad.
Este cantor de viriles ensueños no atesora ni la suavidad argéntea de Guido Spano ni la hondura ideológica de Almafuerte, sin embargo, lírico de soberbia voz, consuma en el arrebato del canto la virtualidad definitiva de su temperamento y de suerte tal que no sufre parangón con poeta alguno de América.
Al penetrar en su obra hase de abandonar toda solicitud por lo que sea naturalidad y gracia silenciosa y apercibirse para desmesuradas violencias. La ingenuidad y la utopía, el himno y el anatema alientan en ese ámbito atormentado donde no se desliza la sombra de las Elviras legendarias ni un vago Hamlet razona entre sepulcros.
El mar convertido en corcel, la montaña mudada en centinela, el astro vuelto navio, el cóndor y el águila son las imágenes grandiosas y frecuentes en los panoramas del delirio de la más férvida fantasía americana.