He aquí una cuestión interesantísima: ¿qué parte del contenido de las obras literarias más trascendentales del mundo es propiedad espiritual de sus autores? No intento ninguna paradoja. ¿Podría acaso alguien imaginarse a Homero y la Ilíada sin helenismo? ¿A Dante y la Divina Comedia, sin cristianismo apostólico romano? ¿A Cervantes y el Quijote, sin caballería española? ¿A Goethe y el Fausto, sin metafísica germana? De veras, precisamente las obras más universales suelen representar a la vez la culminación de una cierta y precisa manera de ser, sea en el sentido de raza o de espíritu.
Y tanto es este el caso, que hay poesías y pensamientos que ya no culminan en un autor sólo, que son verdaderamente la obra de una raza entera y necesitan siglos —¡y más!—para crecer, florecer, madurar.
Por ejemplo: tengo aquí sobre mi mesa una obra, en la que el alma de una raza entera ha pensado, poetizado, y modelado casi incesantemente durante quince siglos y posiblemente más; que ahora está recorriendo el mundo en la lengua más comprensible de todas: la de la música, la cual muestra a un público moderno, ya algo olvidado de su cristianismo, un mundo perecido de dioses y héroes, muy anteriores al mismo cristianismo.
Hablo del poema de Los Nibelungos.