Tres días antes de morir, el 18 de diciembre, lo encontré en cama acabado por la enfermedad que lo acechaba desde 1906, pero con el espíritu ágil como cuando escribiera Patria Blanca. Era un año que no nos veíamos. Apretó con sus manos la mía y al darme vuelta, los dos sollozábamos. Él, al dedicarme en diciembre de 1918 el sexto ejemplar de los Cien poemas había escrito: «A mi querido amigo y sabio compañero de una honda labor, Víctor Mercante, quien con mano firme y estudio profundo ha contribuido a variar el curso de un caudaloso río de rutinas y de errores. Y por el mito de Frenos!» Estas palabras no eran las del estímulo en la última hora de nuestra labor universitaria, sino del cariño que nos ligaba como a dos hermanos en la obra común, desde el día que nos juntamos en la Gran Casa.