Una noche, en el Colón, mientras Ricardo Strauss dirigía su perturbadora Salomé, mi pensamiento poblaba una escena ideal y anacrónica oon las ilustraciones que dibujó Aubrey Beardsley para la tragedia de Oscar Wilde. Luego, a la luz de mi lámpara, abrí el magnífico álbum. Y el eco embrujado fué enlazándose, bajo mis ojos, a los arabescos, a las flores y los cipreses estilizados, al espadañado plumaje de los pavones, a los contornos femeninos, con acariciante y perversa elasticidad de llama...