Los habitantes de Lima que cruzan indiferentes por las calles de «Cueva» y «Pando» y contemplan la modestia del templo cristiano bautizado con el nombre de «La Encarnación», no se dan cuenta de que en ese edificio vetusto y de una sencillez rayana en chabacanería y humilde pobreza arquitéctonica duermen los recuerdos de una época triste y aciaga para el Perú, y se ocultan tradiciones y leyendas tan dramáticas como llenas de misticismo.