Leer y releer aconseja Faguet y, cuando se trata de poetas, en voz baja primero, luego en voz alta. Dulce pasatiempo, en verdad, releer libros fraternales que nos acompañaron en horas de amor o de melancolía; libros humildes muchas veces, pero floridos de emoción; libros en cuyas páginas, hoy amarillentas, temblaron nuestros dedos de adolescentes si alguna vez las volvimos acongojados, siguiendo las incidencias de un idilio doloroso; libros que recorrimos con miradas húmedas de llanto o con serenas sonrisas de esperanza. Tal, para mí, el único volumen que nos dejó Silva; leído cuando mis inquietudes espirituales despertaban y que hoy, ajado y polvoriento, dormía en su anaquel entre algunas obras olvidadas, junto al Cyrano de Rostand y la María de Isaacs.