Entre todas las mujeres de la antigüedad clásica, ninguna soporta peregrinaciones, ofensas, dolores, calumnias, sevicias morales, al igual de Elena. Es una réproba y es una adorada. Los poetas la cantan y la temen, la insultan y la glorifican. Saint-Victor, en un admirable esbozo, la corona de elogios, reivindicando para ella el mismo puro culto con que Homero la inciensa en la Odisea, al divisarla en el palacio de Menelao: «Pasa, dice, de mano en mano, entre los héroes del mundo homérico, semejante a la copa de néctar que circula en los banquetes del Olimpo.» Luego agrega: «En medio de estos vagabundeos de cautiva, librada en premio a las luchas de la fuerza, la hija del cisne permanece pura y, como el ave paternal, revestida de candor y majestad.»