Brilla sin fuerza el sol de julio en Buenos Aires. Es exactamente el 8 de julio de 1830. Se acaban de desayunar los señores —el señor y la señora— y Luisa, alegría y bendición de la casa, se está prendiendo el último alfiler. Es probable que esta niña «de quince primaveras», de quien debemos hablar, se asemeje algo a Florencia Dupasquier, la romancesca novia de Daniel Bello. No lo sabemos bien. Es en todo caso una porteña elegante y vivaracha. Cuatro o cinco renglones de Echeverría, en el fárrago de inconexos apuntes íntimos, es cuanto, con respecto a Luisa, hubimos de hallar. Guiados, pues, por la intuición mucho más que por algún concreto dato, debemos hablar de ella, no como quien sabe algo sino como quien lo adivina.