En una sugestiva página del Venturiere sema ventura, el arte inimitable de Gabriele d’Annunzio nos evoca la visión de Asís, tal como le apareciera en un dulce alborear del dulce septiembre de Italia. «No diré Ascesi, sino Oriente —empieza, con reminicencias dantescas,— mientras las pupilas y el alma recuerden. Era la vista y era la visión. Era la ciudad de piedra fundada por guerreros y mercaderes sobre la rodilla del Subasio, y era la ciudad de la fe sostenida por la traspasada palma de Francisco. Se apareció de improviso explayada sobre el collado, con la gran mole franciscana de poderosos arcos y escarpadas murallas, blanqueando como de luz propia, mientras un vapor lácteo alzábase desde la altura hasta el cielo, en la palidez lunar. Extraordinario era en todas las cosas el presentimiento del alba. Todas las cosas alboreaban, todos los caminos conducían a la aparición de un sol. Parecía que en toda la campaña hubiese como una ansiosa expectación del primer canto... Y parecía que también hubiese ahí la expectación de la palabra seráfica a las aves: Hermanas mías, sed muy agradecidas a Dios vuestro creador.»