No significó el Romanticismo un movimiento exclusivamente creador que, pese a sus detractores, hoy quizá poco menos abundantes que ayer, se atuvo a la desnuda imposición de hazañas nuevas. Con abarcar desde la elegía hasta las costumbres —¡ay, a veces, también las no mejores!— e importando, en cada sector sometido a su influencia, un estado inédito, su caudal no se agota en la sola capacidad inventiva, así sea ésta portentosa.
Más allá de la democratización léxica y la radical amalgama de los géneros, por encima de melenas tempestuosas y capas terciadas a lo valentón, comporta considerable y, si bien algo a la deshilada, fecundísimo esfuerzo teórico. Tanto que sin haber dado de sí críticos verdaderamente suyos, forzoso es reconocer que la crítica, en cuanto a explicación genética de la obra de arte, con anterioridad a toda valoración cualitativa, de él procede y a su calor se explica.