Esta investigación tiene como propósito fundamental propugnar la industrialización de los países agrícolas como la única vía efectiva para incrementar la renta nacional y, consecuentemente, elevar el nivel de vida y el bienestar material de sus poblaciones. El autor sostiene que este proceso no debe interpretarse como un nacionalismo económico autárquico, sino como un ideal de progreso y evolución orientado a captar los beneficios del desarrollo técnico global.
El estudio desarrolla una crítica profunda a la teoría clásica del comercio internacional, específicamente al teorema de los costos comparados de Ricardo y Smith, argumentando que su aplicación práctica ha resultado en una distribución desigual de los beneficios que perjudica a las naciones agrarias. A través del análisis de la productividad del trabajo, se demuestra que la industria posee una capacidad intrínseca superior a la agricultura para generar valor, debido al empleo de energías externas y la mecanización.
Asimismo, la tesis aborda el concepto de racionalización económica, describiendo el trasplante necesario de mano de obra del sector primario hacia el industrial y la subsiguiente mecanización del campo para aumentar su eficiencia. Finalmente, se refuta la idea de que la industrialización contraiga el comercio mundial, afirmando que, al aumentar el poder de compra de las poblaciones, se produce una intensificación de los intercambios internacionales. Se concluye que la industrialización es el mecanismo indispensable para romper la relación de subordinación de los países agrícolas frente a los centros industriales de civilización avanzada.