En el amplio debate que, partiendo de Inglaterra y de Alemania entre el último cuarto del siglo XVIII y el primer tercio del siguiente, se extiende hasta sentar los nuevos supuestos de la estética romántica, surgen como inmediata consecuencia sucesivos interrogantes: ¿qué utilidad tiene la poesía?, ¿es engaño o verdad?, y por último ¿cuál será el lugar que al poeta habrá de corresponderle en la sociedad que se prepara, y cuál, el destino de la poesía en el mundo que vendrá? En el segundo tercio del siglo XIX, la protesta dolorida, intermitente e irónica de los poetas, es tan insistente que nos prueba que la respuesta pesimista se había convertido en creencia vulgar o en verdad resabida.