En estos tiempos en los que el deporte profesional, de alto rendimiento y de enorme exposición pública representa modelos de conducta y despierta el fenómeno de emulación sobre todo en los jóvenes, queda claro que el deporte entendido sólo desde ese costado constituye una visión parcial e incompleta porque queda de lado el costado inclusivo, igualador y emancipador del deporte.
El deporte, la actividad física y la recreación constituyen derechos inalienables que deben ser garantizados en toda la sociedad, entendidos como prácticas que ayudan a promover la inclusión social, la integración y el desarrollo humano integral. Justamente, en la evolución de un país como la Argentina, la práctica deportiva adquiere un rol esencial no ya para quienes pueden optar por la elección y la práctica de la disciplina que quisieran, sino fundamentalmente para aquellos que no tienen ese poder de elección por provenir de sectores marginados a los que la mano del Estado no pudo sostener o mejorar.
Esto abre la discusión hacia cuál de las dos realidades del deporte cobra mayor relevancia: ¿Es más importante el deporte de alto rendimiento, el seguimiento de las grandes figuras deportivas que también contribuyen a la identidad de un país o, resulta más trascendente el apuntalamiento de las prácticas deportivas en el seno de las comunidades, contribuyendo a un mejor desarrollo de las personas y de las sociedades aún sin el brillo que suelen generar las grandes conquistas individuales y colectivas de los representantes deportivos? Para este interrogante hay un camino a transitar y es el que atañe a las políticas públicas de desarrollo, educación e inclusión.