Las últimas décadas del Siglo XX conmovieron los pilares que habían sostenido al Socius, a las instituciones y al individuo. Las certezas y seguridades fueron erosionadas, el futuro se tornó incierto, la desesperanza una afectación frecuente y los individuos vulnerables pero, también vulnerados.
Los sueños e ilusiones que había sembrado la Modernidad: la igualdad de oportunidades, la solidaridad y protección social, la equidad y una mejor distribución de bienes y riquezas, fueron destituídos no sólo del horizonte político sino, también, en su condición de significaciones productoras de sentidos.
Esta conmoción alcanzó a los sujetos, produjo inquietudes y malestares identitarios, transformó las relaciones sociales y, al decir de Roudinesco (2004), hasta colocó a la familia en desorden. Las instituciones que habían constituído enclaves estratégicos de la modelización de los sujetos en la modernidad perdieron la potencia enunciadora y formadora –la familia, la escuela-.
Sin duda, el despliegue de políticas económicas neoliberales fue una herramienta privilegiada en la instalación de lógicas pero, tal como afirman Fitoussi y Rosanvallon (1998): “Los factores de orden económico sólo tuvieron pleno efecto porque intervenían en un contexto de particular fragilización del vínculo social, ligado a una transformación a largo plazo de nuestras Sociedades”. (p.42) ¿Qué lógicas han prevalecido y han atravesado a los sujetos y sus vínculos? Sin duda, la lógica del mercado y el consumo, propia del auge del capitalismo financiero, así como los principios del individualismo, han sustituído a Significaciones que sostenían el sentido de lo público y el bien común, el tejido de solidaridades sociales. Estas nuevas lógicas transformaron el lazo social.