Introducción Durante muchos años mis clases de literatura se basaron en un protocolo repetitivo de acciones, escenarios, objetos y objetivos que podrían resumirse en: seleccionar un cuento, proponerle al grupo de clase sentarse en una ronda, luego presentar el libro, leerlo en voz alta y, en el momento posterior, realizar algunas preguntas acerca de qué les pareció el cuento. En otras oportunidades, la enseñanza de la literatura estaba reducida a la ambientación de una sala, en la que ofrecía una alfombra con libros y proponía que leyeran durante un tiempo, ya que consideraba que de esa manera podría garantizar el acercamiento de los niños a la lectura y en ese mero contacto suponía que debían mantener una relación placentera con aquello que leían. Y lo cierto es que no siempre sucedía así. Algunas de las intervenciones que realizaban los niños y niñas no denotaban un acercamiento placentero a ese texto, incluso manifestaban disgustos por el texto que, a mi parecer, les iba a encantar.
Esta escena docente, que podría traducirse como un momento de frustración en mi carrera, fue lo que impulsó la necesidad de replantear mis prácticas y lo que definió mis intereses de investigación de perspectiva etnográfica que desarrollé en el marco de la Licenciatura en Enseñanza de la Lectura y la Escritura para la Educación Primaria, de la Universidad Pedagógica Nacional (UNIPE).