El discurso político y su capacidad de persuasión han sido un objeto privilegiado desde la Grecia clásica hasta nuestros días. Con los debates en el ágora pública nacen las primeras reflexiones en torno a las capacidades oratorias, los modos de organizar y adecuar el discurso y el rol de los auditorios en las posibilidades de ejercer la política pública.
El libro Mi aparente fragilidad se inscribe en esta misma inquietud: ¿cómo es que el discurso político público persuade? A lo cual suma una pregunta indispensable:
¿cómo esta dimensión argumentativa al mismo tiempo tensiona, debate y se diferencia de otros discursos y, en ese mismo proceso, construye una identidad política?