El relato que realiza González es, por momentos, apasionante. Porque retrata cómo se tomaban las decisiones en un gobierno presidido por una persona emocionalmente frágil y muy influenciable en sus decisiones. Lo curioso, a diferencia de otras crónicas de esa gestión, es que es un relato hecho con afecto personal y que presenta a Isabel como a una persona que estaba en casi permanente sufrimiento mientras cumplía con lo que consideraba que era su deber. Incluso cuenta ingenuamente varios momentos en los cuales tuvieron que disuadirla de renunciar y retirarse. Lejos de otros relatos que la ridiculizan, González no oculta su admiración por la Presidenta y su desprecio por aquellos que la traicionaron.