Han pasado más de 40 años desde que los primeros casos de SIDA fueron reconocidos; durante las primeras dos décadas se establecieron importantes avances metodológicos en el campo de la investigación clínica aplicada y potentes tratamientos farmacológicos antivirales fueron desarrollados para beneficiar a millones de personas infectadas. La infección por el VIH constituye un problema de salud pública con importantes implicaciones sanitarias y sociales. Al igual que en otras enfermedades crónicas, caracterizadas por pérdidas progresivas de la capacidad funcional y autonomía del individuo, el deterioro gradual de carácter físico, psicológico y social del paciente conduce a un deterioro tanto en su tipo de vida como en la autopercepción de su salud.
Asistimos en la actualidad a un gran auge del enfoque de la enfermedad dentro de un contexto más “personal”, en el que se consideran tanto los factores psicológicos como los sociales y la implicancia que la enfermedad tiene en la vida de las personas. Los aspectos sociales y familiares influyen decisivamente en la evolución de cualquier patología crónica, sea a través de las descompensaciones, la utilización de recursos sanitarios, la adherencia al tratamiento o la comorbilidad de trastornos afectivos; también en la misma medida determinan la calidad de vida autopercibida.