El conocimiento popular y las ciencias revelan otras cosas. Para aprobar un examen al día siguiente en secundaria, uno de los consejos exitosos que suelen darse muchos estudiantes entre sí es el de leer lo que tienen que estudiar antes de dormir. Por otro lado, tenemos la anécdota del químico Kekulé que solo después de un sueño fue capaz de tener ese momento de "¡Eureka!" y dar con la fórmula de la estructura de la molécula de benceno que tanto lo había evadido en la vigilia (Hempel, 1973, pp. 33-34). Teniendo en cuenta las experiencias mencionadas cabe entonces hacernos las siguientes preguntas: ¿acaso dormir y soñar tienen efectos positivos en nuestra capacidad de aprendizaje y de ser creativos para resolver problemas? ¿Existe un estado óptimo para aprender nuevos datos? Y sí es así, surge la pregunta: ¿cómo puede ser que, desde el diseño institucional de las escuelas argentinas, no se haya tematizado, ni siquiera debatido si el horario de ingreso a la escuela podría tener o no efectos en la experiencia educativa de sus estudiantes, si hay acaso un estado óptimo para el aprendizaje? Creemos que esto se debe a que tanto en la fundación de la escuela argentina, así como en su historia han influido fuertemente los enfoques liberales que, si bien recalcan la libertad del individuo y la igualdad de oportunidades como valores importantes, suelen desconocer que existen factores biológicos que intervienen e imposibilitan la realización de estos valores. En otras palabras, estos enfoques suelen desconocer (ya sea por ignorancia o decisión consciente) los estudios neurocientíficos que nosotros sí tenemos a nuestro alcance actualmente, y que podrían dar respuesta a las preguntas anteriores.