En la presente monografía sostendré que los argumentos presentados por Ingrid Robeyns en el artículo ¿Qué tiene de malo la riqueza extrema (si es que tiene algo de malo), deben complementarse con otro que sea válido para el caso de que las necesidades urgentes estén satisfechas, sin que ello implique apelar, necesariamente, al argumento de la igualdad política en las democracias. Para lograr este objetivo, intentaré mostrar que las economías de las sociedades actuales pueden ser consideradas como posicionales; que las mismas traen aparejada una serie de inconvenientes; y que estos inconvenientes pueden ser resueltos, al menos en parte, mediante un límite máximo a la cantidad de ingresos y riquezas que una persona puede tener.