Es sabido que las profesiones no son neutrales respecto del género de quienes las encarnan y que en el proceso de construcción social de la identidad femenina, fue central la condición biológica de madre y esto tuvo implicancias directas para las que quisieron estudiar y/o insertarse en el mercado laboral (Martín, Queirolo y Ramacciotti, 2019; Domínguez Mon y Lozano, 2019). El magisterio en particular, se ha considerado una actividad asalariada propia de mujeres, pero esto no ha sido siempre así. En los modernos Estados occidentales, los gobiernos priorizaron invertir los dineros públicos en la apertura de establecimientos primarios, secundarios y universitarios para varones, en detrimento de la escolarización de las mujeres. En consecuencia, durante buena parte del siglo XIX en las provincias argentinas hubo más escuelas públicas para varones con maestros al frente que escuelas de niñas y maestras, siendo los hombres en general, mejor remunerados que las mujeres. Con el tiempo, la profesión se fue feminizando pero los funcionarios estatales siguieron considerando que los varones debían tener un rol definido y una posición de privilegio dentro del sistema público (Rodríguez, 2021). Disponemos de interesantes trabajos centrados en las maestras de las escuelas nacionales y los discursos que impulsaron su entrada a la carrera docente (Yannoulas, 1996; Morgade, 1997; Tedesco, 1993; Alliaud, 2007; Lionetti, 2007; Billorou, 2015; Fiorucci, 2016; Cammarota, 2021). En este texto nos proponemos profundizar estos estudios, haciendo foco en cuestiones complementarias, donde analizaremos las otras causas que afectaron al proceso de feminización del magisterio, la cuestión salarial y las condiciones laborales que vivían las maestras empleadas en escuelas nacionales y también provinciales, entre fines del siglo XIX y principios del XX.