Reflexionar acerca de género y comunidad nos permite desentrañar las conceptualizaciones, significados y representaciones que en estos espacios se construyen incorporando las dimensiones económica y política, como también la cultural, las subjetividades y el entramado socio-comunitario.
Partimos de una perspectiva de género feminista e interseccional para visibilizar las prácticas y lógicas patriarcales y sexistas, arraigadas social y culturalmente, que permiten comprender lo social y las problemáticas que afectan la vida cotidiana en clave de complejidad remarcando su carácter de constructo sociohistórico. El género, tal como lo propuso la investigadora feminista Joan Scott (1996) es una categoría cultural y relacional, un elemento constitutivo de las relaciones sociales basadas en las diferencias que distinguen los sexos y, como tal, es una forma primaria de relaciones significantes de poder. Esto permite explicar cómo las lógicas de poder y de dominación inciden en la producción de desigualdades a partir de la diferencia sexual y las formas en que esto se expresa en los territorios de relegación social.
Sumar la perspectiva situacional e interseccional a la intervención del Trabajo Social nos coloca frente a la centralidad del sujeto, sus necesidades y las tramas sociales que se construyen en los territorios reproduciendo desigualdades o propiciando prácticas de ampliación de derechos. También nos permite desmantelar la existencia de un sujeto único y visibilizar cómo se articulan género, edad, clase social y etnia y desnaturalizar las relaciones sociales que construyen subalternidad en cada territorio particular.
Cómo se configuran estas tramas en los territorios de relegación, qué prácticas y discursos se construyen, como se tensionan con los construidos desde el trabajo social, qué miradas se encuentran en el territorio, contradictorias muchas veces, son los interrogantes que recorren este capítulo.