El diseño de implantes dentales busca mejorar la regeneración ósea, reducir tiempos de cicatrización y prevenir complicaciones como enfermedades periimplantarias. La superficie del implante juega un papel clave en la osteointegración, ya que tras la implantación interactúa con el medio biológico, adsorbiendo proteínas que regulan la adhesión y diferenciación celular.
El titanio es ampliamente utilizado en implantes por su biocompatibilidad y resistencia a la corrosión, pero su capa de TiO₂ es bioinerte, lo que puede provocar encapsulación en tejido fibroso y fallas por fatiga o corrosión por fricción. Para mejorar su bioactividad, se han desarrollado tratamientos superficiales que modifican la rugosidad, composición química y mojabilidad, promoviendo la unión química con calcio y fósforo para facilitar la osteointegración.
Entre los tratamientos bioactivos más efectivos destacan el granallado con fosfatos de calcio y el tratamiento alcalino, que forma una capa de titanatos de sodio y es ampliamente utilizado por su bajo costo y facilidad de aplicación. Sin embargo, aún no hay consenso sobre la combinación óptima de características superficiales que maximicen la respuesta biológica, especialmente en la diferenciación de células madre mesenquimales en osteoblastos.
Dado que el hueso está compuesto de hidroxiapatita y colágeno, un implante bioactivo debe favorecer la precipitación de hidroxiapatita en su superficie. Para evaluar esta capacidad, la inmersión en Simulated Body Fluid (SBF) es una técnica ampliamente utilizada y ha demostrado predecir la bioactividad in vivo en aproximadamente el 75 % de los estudios.