El positivismo ha promovido una visión del conocimiento científico que supone que los científicos pueden recolectar y evaluar evidencias sin hacer juicios de valor ni dejarse llevar por las influencias del contexto. Este enfoque epistemológico tradicional aboga por un conocimiento objetivo que es descontextualizado, neutral y universal. Cuando Hans Reichenbach estableció la diferencia entre el contexto de descubrimiento y el contexto de justificación, lo hizo para distinguir dos áreas en las que la segunda -la de justificación- sería relevante para el científico y libre de valores, mientras que la primera -la de descubrimiento- tendría una menor o nula relevancia. Conforme ha avanzado la epistemología, ha habido un cambio en el enfoque hacia el papel de las prácticas sociales en la producción del conocimiento, no sólo en la esfera científica sino también en la cotidiana. Es cada vez más evidente que estas prácticas pueden dar lugar a injusticias epistémicas que obstaculizan el diálogo y reducen la diversidad social y cognitiva. Es importante tener en cuenta que estas consecuencias negativas son contrarias al objetivo de alcanzar una creencia verdadera y justificada, así como a la noción de una objetividad encarnada, tal como lo describe Haraway. En este trabajo, se argumentará que hablar de objetividad no implica que el conocimiento esté libre de valores y que la construcción del conocimiento no es un proceso individual, sino que el factor social tiene un impacto crucial en el resultado final. Para demostrar esta tesis, se analizará cómo las prácticas sociales en ambos ámbitos influyen en la producción epistemológica del conocimiento y se examinarán cómo las mencionadas injusticias impiden o retrasan este objetivo, así como las posibles soluciones a estos problemas.