En español
Este artículo explora las continuidades entre las narrativas medievales y los discursos de odio contemporáneos, enfatizando cómo ciertos estigmas sociales, como la misoginia y el antisemitismo, tienen raíces históricas profundas. A través de la representación de mujeres acusadas de brujería y judíos perseguidos, se evidencia cómo estas figuras han sido utilizadas para justificar prácticas de control y violencia. Estas representaciones han evolucionado y se han alimentado de un sistema productivo que subordina ciertos cuerpos, conectando la violencia histórica con las dinámicas contemporáneas.
El auge de las nuevas derechas en América Latina y el mundo presenta un modelo extractivista que transforma recursos naturales en bienes transables. Este conservadurismo radical busca restaurar valores tradicionales, neutralizar la disidencia y deslegitimar críticas al colonialismo, convirtiendo a cualquier oposición en un "enemigo público". La cultura del miedo, fomentada por medios y redes sociales, normaliza la violencia simbólica y desensibiliza a la sociedad frente al sufrimiento ajeno.
La restauración de la masculinidad hegemónica y la legitimación de la violencia son ejes centrales en este contexto en el que se promueve un discurso totalizante que simplifica la realidad. Las imágenes de violencia se convierten en espectáculo, despojando al sufrimiento de su carga crítica.
Las expresiones disidentes, como el feminismo y los movimientos LGBT, son atacadas, lo que refuerza una cultura de obediencia. A través de la obra de artistas como Rosana Paulino, se busca desmontar la espectacularización de la brutalidad y recuperar narrativas históricas olvidadas, integrando experiencias diversas y construyendo nuevas subjetividades. Este enfoque crítico es esencial para desafiar las estructuras de poder contemporáneas y promover una política de la palabra que visibilice las injusticias persistentes.
En inglés
This article explores the continuities between medieval narratives and contemporary hate speech, emphasizing how certain social stigmas, such as misogyny and antisemitism, have deep historical roots. Through the representation of women accused of witchcraft and persecuted Jews, it becomes evident how these figures have been used to justify practices of control and violence. These representations have evolved and fed on a productive system that subordinates certain bodies, connecting historical violence with contemporary dynamics.
The rise of new right-wing movements in Latin America and around the world presents an extractivist model that transforms natural resources into tradable goods. This radical conservatism seeks to restore traditional values, neutralize dissent, and delegitimize critiques of colonialism, turning any opposition into a "public enemy." The culture of fear, fostered by media and social networks, normalizes symbolic violence and desensitizes society to the suffering of others.
The restoration of hegemonic masculinity and the legitimization of violence are central axes in this context, where a totalizing discourse simplifies reality. Images of violence become spectacle, stripping suffering of its critical weight.
Dissenting expressions, such as feminism and LGBT movements, are attacked, reinforcing a culture of obedience. Through the work of artists like Rosana Paulino, there is an effort to dismantle the spectacularization of brutality and recover forgotten historical narratives, integrating diverse experiences and constructing new subjectivities.
This critical approach is essential to challenging contemporary power structures and promoting a politics of voice that highlights persistent injustices.