Años hace los montes de duraznos, obligatorios en toda estancia y chacra, nos proporcionaban fruta abundante y barata, aunque muchas veces de una apariencia humilde. En esos tiempos el duraznero era una planta llamada, como suele decirse vulgarmente, «carne de perro» completamente abandonada y descuidada, servía con harta frecuencia de entretenimiento á los mancarrones estraviados y solía proporcionar la mayor parte de la leña que reclamaba la cocina de la población. En ese tiempo pues, muy pocas eran las plagas que afectaban dichos frutales; en algunos años mas húmedos se notaba en primavera una que otra hoja invadida por el torque y de otoño en algunos años más inclementes podía observarse una invasión de polvillo acompañado por la caída prematura de una parte de las hojas.