La ciencia antártica es, por definición, colaborativa. Ningún proyecto prospera sin la cooperación entre equipos, sin la interacción entre disciplinas y sin la coordinación de las instituciones que hacen posible cada campaña. Esa red humana sostiene la presencia argentina en el continente blanco, no sólo como gesto simbólico de soberanía, sino como práctica concreta de construcción de conocimiento.
Desde Argentina las investigaciones parasitológicas en Antártida tomaron relevancia recién a comienzos del siglo XXI, demostrando a lo largo de casi 20 años, que puede contribuir de manera significativa al entendimiento parasitológico de dicha región. Mantener esa capacidad exige políticas de Estado sostenidas, inversión en infraestructura y formación de nuevas generaciones de científicos y científicas capaces de continuar esta disciplina. La parasitología antártica requiere una mirada a largo plazo. En ese sentido, cada temporada de muestreo interrumpida o cada línea de investigación que se discontinúa implica una brecha en el avance del conocimiento.
Frente a los nuevos desafíos que se presentan a partir del cambio global, la ciencia argentina tiene la oportunidad de aportar una perspectiva integradora, basada en décadas de experiencia en el conocimiento de las relaciones hospedador- parásito-ambiente. En tiempos en donde los modelos de desarrollo se debaten entre la urgencia económica y la sostenibilidad, hacer investigación antártica es afirmar que la soberanía también se ejerce con el desarrollo de una ciencia responsable y comprometida.
La ciencia antártica debe seguir siendo un puente entre instituciones, disciplinas y generaciones de argentinos. Tal vez por eso, al mirar una lámina donde se distingue un pequeño parásito extraído de un ave del sur, comprendemos que incluso las formas de vida más diminutas participan de una historia mucho más grande: la del conocimiento como expresión de soberanía.