Los sistemas educativos en todas las sociedades modernas asumieron la función de materializar el valor de la igualdad a través de su capacidad para generar "igualdad de oportunidades”. Este propósito se podía alcanzar con la educación elemental, incorporando a la población a una misma concepción del mundo, por medio de la difusión de principios y saberes que permitían la construcción de un sentido de pertenencia a un colectivo común. Al mismo tiempo, los sistemas educativos asumieron la función meritocrática de establecer distinciones individuales, seleccionando a esa población para garantizar un acceso diferencial a los bienes materiales y simbólicos. En definitiva, los sistemas educativos están atravesados por una doble tarea, que es al mismo tiempo contradictoria, siendo que, por un lado, se proponen integrar a la población a partir de igualar las oportunidades y por el otro, buscar reproducir y legitimar las desigualdades del orden social existente (Braslavsky, 1986).
Si bien esta tensión entre la promesa de igualdad y la exigencia de selectividad es inherente a todo sistema educativo, en cada país y en cada momento histórico se procesa de manera diferente. Los distintos modos de tramitar esta doble función están vinculados con la configuración cultural, las características sociales y la coyuntura política de cada nación (Tiramonti, 2011).
Teniendo en cuenta que ya desde el origen del sistema educativo argentino se desplegó un modo de procesar esa tensión que luego requirió nuevas formas de resolución en relación con las presiones de mayor democratización. Nos preguntamos por los modos de analizar la expansión y diferenciación del sistema educativo a partir de las herramientas conceptuales provistas desde el campo de estudios de las desigualdades educativas, particularmente la forma en que se reactualizó dicha tensión a fines del siglo XX, desde la vuelta a la democracia en 1983 con la masificación del nivel secundario.
Para responder al interrogante planteado, este capítulo realiza un recorrido en clave histórica organizado en tres grandes apartados que refieren a distintos momentos; en el primero se busca reconstruir la forma en que se tramitó la tensión desde el origen del sistema educativo hasta mediados del siglo XX. El segundo apartado refiere a los desafíos del gobierno democrático instaurado a partir de 1983 en relación con la masificación del nivel secundario y las políticas de la última dictadura cívico-militar. En el tercer apartado se presenta un análisis del sistema educativo y sus tendencias a partir de la reforma educativa de la década del noventa. A su vez, al interior de cada uno de los apartados se analizan dos dimensiones que dan cuenta de la forma en que el sistema tramita su doble función: una es la coyuntura sociopolítica y las políticas educativas para el nivel secundario que se desarrollan en cada período analizado, las cuáles tendieron a enfatizar alguna de estas dos tareas dado que, tal como sostiene Braslavsky (1986), son las políticas educativas las que pueden acentuar su contribución hacia la igualdad o hacia la selección. La otra es una dimensión más estructural, que atiende a mirar la forma en que se modifica la configuración del sistema educativo para desplegar esta doble tarea.