A medida que avanza el siglo XXI, la violencia se impone como moneda corriente, explicitada en femicidios, robos, asesinatos, agresiones al propio cuerpo (cortes, golpes, cuerpos deshechos productos de toxicomanías), entre otras expresiones.
A la declinación del nombre del padre le sucedió su evaporación, que se traduce como inexistencia y cuyas consecuencias clínicas se intentarán extraer.
El discurso del amo que ordenó a los sujetos durante siglos sufrió una permutación que fue introduciendo cambios en el lazo social. Esto es, el discurso capitalista, cuya principal característica es la eliminación de cualquier imposible, es la forclusión, la castración. El lugar atribuido al padre en tanto ley ha ido diluyéndose hasta ser un nombre entre otros.
Las consecuencias son visibles y no dejan de verse en fenómenos de esta época donde las palabras y los cuerpos parecen adquirir un destino independiente. La tendencia a las conductas impulsivas; toxicomanías; compulsiones; cuerpos mutilados, violentados son algunos de los efectos que se enmarcan en lo que Lacan llamó la evaporación del padre.
Siguiendo con esta conceptualización, la evaporación del padre tiene una cicatriz, una marca real que produce una desregulación del goce. Y el reverso de esta evaporación puede tomar la forma de una restauración, de un llamado al padre, el cual puede presentarse en su cara más mortífera y aniquilante.
Al no haber un Otro con el cual identificarse y en consecuencia sostenerse, aparece una autodefinición. Laurent lo explica diciendo que el sujeto se identifica al nombrarse, hay una auto designación, "yo digo - yo soy”. Se trata de una autodenominación performativa, donde el sujeto se sostiene sin el Otro, lo performativo resulta así predictivo y empuja a la acción.
Por el mismo hecho de ser expresado, este enunciado performativo realiza el hecho, de manera que el lenguaje sentencia la realidad cada vez que la enuncia.