Ante el eclipse de lo simbólico, la evaporación del padre, un nuevo orden simbólico de hierro regido por los objetos gadgets del mercado capitalista en su articulación con la tecnociencia, la miseria y el desamparo de la época atraviesan las instituciones y a quienes las habitan. En la miseria el sujeto queda a solas con el plus de gozar, con la pulsión de muerte, siendo empujado a la acción. Está a la orden del día el empuje a la aniquilación del otro y su modo de goce.
Para inventar algo diferente de las experiencias mortificantes es necesario partir de la pregunta acerca de qué estofa está hecho el sujeto, porque históricamente la mayoría de los dispositivos-programas-proyectos han sido creados para purgar, reinsertar y reeducar a aquellos que no se avienen y adaptan a las consignas. Se trata de un verdadero problema y el desafío es crear un proyecto que no expulse aquella singularidad que no se adapta al movimiento universal, es decir que incluya y vehiculice las "malas noticias” del sujeto, aquellas que Freud expuso con relación a la pulsión de muerte, el superyó, la compulsión a la repetición, el retorno de lo mismo.
De esta manera, armar un dispositivo que advierta este contexto para detener lo infernal del circuito implica una posición ética que brinde algún punto de anclaje. Esos puntos de amarre simbólicos que promueven inscripciones menos mortificantes, inventando un espacio disponible que permite alojar, preservar y cuidar algo; que nos pone a disposición de producir un otro inicio.