Las teorías migratorias clásicas explican el movimiento espacial de la población como un mecanismo de compensación económica y demográfica, es decir, como una tendencia al equilibrio de los procesos de desarrollo económico en los países industriales. En las últimas tres décadas, las migraciones voluntarias y forzadas se han generalizado desde el hemisferio sur hacia el norte y entre países y regiones del hemisferio sur, cambiando las rutas tradicionales, soslayando las crisis económicas para migrar, y creciendo en números y volúmenes nunca vistos en la historia moderna (Basso, 2014).
Esta situación migratoria, asociada a lo que se denomina "globalización” económica en la etapa del capitalismo neoliberal, ha provocado debates y nuevas investigaciones en diferentes disciplinas sobre las causas y las formas de desplazamiento, la multiplicación de conflictos sociales, políticos, culturales, y las reacciones de desprecio, prohibición, xenofobia y discriminación en sectores de la población y en algunas políticas de los Estados. En este contexto de rechazo o asimilación, se ha puesto el foco en las formas espaciales de radicación que adquieren las comunidades migrantes. En la geografía latinoamericana, este debate y los estudios sobre migración recién están aportando a la investigación, elaboración y conceptualización de la dimensión espacial que tanto seduce al resto de la teoría social. Pero algunos tópicos importantes se han desarrollado a través de una noción más amplia, que es la espacialización o territorialización de los movimientos poblacionales.
El presente capítulo tiene por objetivo introducir el debate de las configuraciones espaciales de la migración y su relación simultánea con las y los migrantes en los contextos de los diferentes procesos productivos, para dar instrumentos que permitan llevar adelante los trabajos de investigación reunidos en este libro. Por lo tanto, abordamos los procesos de construcción territorial, para lo cual examinamos la concepción tradicional y rígida de los estudios migratorios clásicos en los cuales lo geográfico es asimilable solamente a la ubicación y localización, para sostener que las cadenas y redes de relaciones migrantes que componen los procesos migratorios y conforman comunidades en el destino se componen de prácticas migratorias en movimiento, articuladas a su materialidad geográfica concreta. Es decir, sostenemos que no se puede estudiar espacio y tiempo de forma separada.