Desde hace 20 años la Universidad Nacional de La Plata consolidó un modelo político e institucional con un rumbo invariable, sostenido por un coherente grupo de funcionarios casi perennes. Este modelo, acompañado por cada uno de sus claustros, parece conformar a todos. Esta unanimidad y permanencia de un sector político sin oposición es quizás el motivo por el cual no se perciban ineficiencias y problemas, y no se advierta que la Universidad es parte de la decadencia educativa general del país.
La enseñanza de grado y el otorgamiento de títulos profesionales, su principal función junto a la creación de conocimiento, no cumplen, objetivamente, con los mejores estándares de calidad. Las razones de esto pueden ser externas, pero, en gran parte son responsabilidad de la propia Universidad. El ingreso irrestricto de estudiantes con mala formación básica es uno de los motivos. La Universidad no debe resolver las deficiencias de los primeros ciclos de enseñanza, aunque pueda ayudar a la adaptación al ámbito universitario. Las opciones de gastar tiempo y dinero en cubrir ineficientemente los déficits educativos externos o permitir una disminución de la calidad académica y, en consecuencia, de la de sus egresados no son soluciones viables; sin embargo, en nuestra opinión, ambas cosas ocurren.