En el marco de propuestas de desarrollo territorial, se le imprime una nueva dirección a los proyectos de desarrollo que no se basan centralmente en los incrementos de producción, productividad y rentabilidad, también se entronca directamente con el cambio en las pautas de consumo de la sociedad postindustrial, con un discurso donde se entrecruzan inquietudes ecológicas con preocupaciones por la seguridad alimentaria y por la salud, valores, en suma, que aparecen indisolublemente unidos a los productos locales (Sacco dos Anjos y otros, 2011). En este contexto, en las experiencias argentinas que tomamos como antecedentes en esta comunicación y que orientaron la puesta en marcha de procesos de diferenciación de hortalizas agroecológicas, se trabajaron desde la Universidad Nacional de La Plata1 a través de proyectos I+D, con agricultores familiares y otras organizaciones del Estado (a nivel local, provincial y nacional). Dicho trabajo, sostenido en el reconocimiento de los productos agroalimentarios locales, como recursos patrimoniales a valorizar, implicó entre otras estrategias la realización de fiestas populares, la organización de los productores en cooperativas, asociaciones o grupos informales, el mejoramiento de los procesos productivos y comerciales, o la definición de una calidad específica a través de sellos de calidad. La mayoría de los antecedentes coinciden en destacar (Schmitz, Musyck, 1994; Torre, 1993; Becattini, Rullani, 1995) que son las competencias, capacidades y saberes de los actores implicados en los territorios –no solo los productores, sino también los consumidores y agentes de desarrollo– una cuestión importante para comprender el papel que juegan estas formas de producción alimentaria específicas o lo que Moity-Maïzi y Muchnik (2002) dan en llamar verdaderos laboratorios cognitivos.