Los sistemas de educación superior se expandieron y diversificaron en Occidente a partir de la segunda mitad del siglo XX debido a las dinámicas de estructuración establecidas entre Estado, sociedad, mercado y educación. Las políticas gubernamentales, los intereses políticos locales, las crecientes demandas sociales por el acceso al nivel, la relación con el mundo del trabajo y los intereses de los actores universitarios constituyen la compleja trama que subyace tras la apertura de instituciones, el carácter de su oferta y la expansión de las matrículas. Como es conocido, en Argentina ese crecimiento se desarrolló con variaciones y con poca planificación según los momentos históricos, lo cual generó un sistema fragmentado, desarticulado y desigual, constituido por dos grandes circuitos: universitario y no universitario. Estos funcionaron como ámbitos paralelos de formación, con diferencias significativas en los aspectos organizativos y académicos, y con distinto prestigio según las percepciones sociales mayoritarias.