En las tierras altas del noroeste de Argentina, es habitual escuchar a los habitantes de los pueblos puneños y vallistos decir: la Tierra nos da, la Tierra nos cría y la Tierra nos come. En esta expresión, la Tierra es la Pachamama, la divinidad del mundo andino, propiciadora de las fases agrícola-ganaderas y de la reproducción de los seres humanos. Se venera especialmente cada 1 de agosto, cuando se inicia un nuevo ciclo productivo, con el movimiento del mundo que sintetiza la fuerza de la vida de cada uno de los seres que integran el cosmos (Morgante, 2004). En esa fecha se celebran una serie de rituales domésticos y comunitarios en los que se ofrece a la diosa telúrica productos sagrados como las hojas de coca, tabaco, bebidas y alimentos. Así, se promueve el bienestar general, el desarrollo de un período anual que suceda dentro de lo previsible, reduciendo la incertidumbre en torno a las vidas personales y colectivas. Estas prácticas rituales, con sus transformaciones, atraviesan el tiempo y continúan en el presente, aunque actualmente la economía regional ya no depende exclusivamente de la cría de ganado y/o el cultivo (García y Rolandi, 2000). En los relatos orales que se transmiten a través de las generaciones, la Pachamama (también conocida como la Pachita), es referida como la Madre Tierra, la creadora y cuidadora del mundo en general, y de todos sus componentes en particular. Suele vincularse a una figura femenina y longeva, virtuosa y omnipresente, que tiene el potencial de maternar a todos los seres que genera, quienes nacen, viven y mueren en -y a través de- Ella. Por esto las vidas de las personas, y su devenir, están profundamente ligadas a esta relación que antecede -y excede- a cada existencia individual. El culto a la Pachamama sintetiza el modelo cultural de curso vital propio de las sociedades andinas, donde el componente cíclico aparece motorizando el entendimiento y funcionamiento de su cosmogonía.