El término espacio tiene muchos sentidos, el más corriente de los cuales es el de realidad natural y objetiva, pero también – de acuerdo con la teoría geográfica moderna- el de una extensión organizada. Y en la historia, esto significa que el espacio está investido de una significación cultural que se construye con códigos, con la práctica social de los hombres, vale decir, como el conjunto de relaciones de los hombres entre sí y con su entorno. Estas relaciones no se dan solamente en el plano económico (producción, distribución, consumo), sino además en el social, el simbólico, el político, y con el entorno. La naturalización de la extensión organizada se convierte en la Edad Moderna, en el territorio estatal y por consiguiente en el espacio político. Las formas de territorialidad premodernas concebían el espacio político como aquel habitado por una comunidad que posee una misma autoridad política y que es regida por un mismo estatuto (A. Hespanha, 1993: 99). Ese espacio tenía su origen en el de la casa (oikos), en el de la comunidad doméstica, centrada en la comunidad de vida más que en la de sangre o en el parentesco. El señor feudal detentaba sobre sus tierras, que eran el espacio de su comunidad de vida, un poder de dirección al que sumó nuevos poderes de administración y gobierno. La coincidencia entre el espacio de comunidad de vida, de derecho y territorio caracterizó a las estructuras políticas premodernas. Estas características llevan a la patrimonialización del poder, puesto que el poder político se vuelve patrimonio del señor, emancipándolo de otras formas de poder.